Dos indios discutían continuamente por la propiedad de sendos caballos:
-¡Ese es mi caballo!
-¡Que no! Ese es el mío. El tuyo es el otro.
Así día tras día hasta que el padre, harto de las disputas, corta una oreja a uno de los caballos y se lo asigna a uno de los hermanos y el restante con dos orejas al otro hermano.
Así quedan hasta que se produce una riña con otra tribu y el caballo con dos orejas pierde una de ellas. De nuevo las peleas:
-¡Ese es mi caballo!
-¡Que no! Ese es el mío. El tuyo es el otro.
Nuevamente interviene el padre cortándole a uno de los caballos la oreja que le quedaba, asignando el caballo desorejado a uno y al otro el de una oreja.
En una nueva lucha de tribus, el caballo de una oreja también la perdió. Con ambos caballos desorejados, comenzaron de nuevo las peleas entre los hermanos por la propiedad de cada equino.
Entonces, intervino la madre:
-¡Basta de peleas! A partir de ahora, el caballo negro será para ti, y el blanco para ti.